Séptima Palabra de Viernes Santo 2026: mensaje de Monseñor Ismael Rueda Sierra sobre la entrega de Cristo

SEPTIMA PALABRA 2026 VIERNES SANTO ARZOBISPO. 03.03.026

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

 

«Era ya eso de medio día, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente dijo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto expiró:» (Lc 23, 46)

 

Queridos hermanos y hermanas.

Podemos pensar en esta hora, cuántas generaciones y multitudes a lo largo de la historia, han contemplado esta escena de Cristo crucificado agonizante, que experimenta en su propio cuerpo el dolor de la humanidad, en medio del abandono de los suyos y ante la indiferencia cómplice de los corazones que quisieron hacer inútil su sacrificio.

Cristo al asumir nuestra condición humana, en todo menos en el pecado, se somete a la muerte y una muerte de cruz, porque hace propios radicalmente, sin nada rehuir, los dramas cotidianos y repetitivos de la fragilidad del hombre y de la mujer. Y todo se explica porque nada es extraño para Dios con tal de acudir en nuestro auxilio y manifestarnos su misericordia.

Ahora el Hijo experimenta que, si el mundo lo ha dejado solo, con su drama, con su dolor, con su cruz, la mirada del Padre, con la infinita confianza que le tiene, lo acompaña, y a Él entrega hoy el resultado de su trabajo, de su misión. Es como decimos de ordinario, su “informe de gestión”. Infinito y único. El resultado de la entrega total de su vida por nosotros.

El evangelista Lucas que narra esta escena, nos hace ver que el acontecimiento de la cruz es el momento cumbre de la vida de Jesús, pues aquí en el Calvario queda a la vista de toda la humanidad, la realeza del Señor, no como se es rey al modo humano, sino al modo de Dios, mediante la entrega radical por el amor, heredando así el Reino a quienes lo aceptan y le siguen imitando su ejemplo.

Esta narración del evangelista pone también en escena, como ambiente para las últimas palabras de Jesús, un acontecimiento cósmico: la repentina obscuridad que llenó toda la tierra.

El sol deja de billar porque las tinieblas del mundo, las del pecado, la muerte y las de la infidelidad, quisieran borrar inútilmente lo que Cristo luz del mundo, ha alcanzado para toda la humanidad.

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“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

Jesús entrega hoy, en su balance final a su Padre, en primer lugar a sus discípulos, que había escogido gratuitamente y preparado para continuar su obra: en su paciente pedagogía comprendió y corrigió en ellos sus ambiciones por ocupar los primeros puestos, las desconfianzas y falta de fe cuando los invitaba a emprender alguna acción; las salidas temperamentales e impertinentes de Pedro, que terminaron en la misma negación de su Señor en el momento de la condena a muerte; la incredulidad de Tomás, y la muy triste actitud y decisión de Judas Iscariote.

En la entrega de su espíritu al Padre estaba también aquella mujer a quien querían apedrear, defendida por Jesús cuando descubre la hipocresía de sus acusadores, y también la Samaritana, a quien redime de todo su pasado cuando le dice: “si conocierais el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva” (Jn 410), conquistando para sí a una persona con muchos problemas, pero con un alma dispuesta a cambiar, como en efecto sucedió.

Desfilan también en esta entrega del espíritu al Padre, Zaqueo, aquel rico que quiso, trepado en el árbol sicomoro, ver a Jesús y visitado por Él en su casa: y con parecida actitud, Mateo, cobrador de impuestos y odiado por el pueblo, convertido en su apóstol.

Allí está presente el joven rico a quien Jesús señala el verdadero camino de la felicidad y el sentido de la vida, indispuesto en ese momento a asumir el reto de seguirle porque tenía muchos bienes.

En la exclamación de Jesús está presente también el cortejo fúnebre que acompañaba a la viuda de Naím, consolada por Jesús y para quien el llanto se convierte en alegría, al ver a su joven hijo vuelto a la vida por la acción misericordiosa del Señor.

Pero están allí en la entrega del espíritu al Padre, los escribas y fariseos a quienes Jesús, con la intención de recobrarlos para el verdadero Dios, fustiga por su hipocresía e incoherencia, encontrando de parte de unos, obstinación y de otros, el sincero deseo de cambio.

Y últimamente, en este momento supremo del Calvario, entrega en las manos del Padre, a tantos protagonistas que estuvieron presentes en la hora de su pasión y de su cruz: desde las multitudes que lo aclaman en su entrada triunfal a Jerusalén, hasta quienes gritan en aquel viernes, como hoy, que lo crucifiquen. No pueden faltar los miedosos apóstoles, y el sanedrín, Caifás y Pilatos, los soldados que lo azotan y lo llevan a la crucifixión, también el Cireneo que le ayuda a llevar la cruz y el buen ladrón, perdonado.

Y es preciso que nos detengamos por un instante, en la imperturbable y fiel presencia de María, su Madre y las otras santas mujeres, acompañadas por Juan, y personas cercanas que comprendían desde la fe, aquel acontecimiento para llevarlo al corazón y convertirlo en fuente de esperanza.

Es necesario, por tanto, que hagamos un alto en el escenario de nuestra propia vida, de nuestra sociedad, del mundo que buscamos construir en medio de tantas incertidumbres y conflictos, de guerras obstinadas e injustas y pensemos que la entrega de Jesús a su Padre antes de expirar llevaba consigo, sin exclusión, como expresión de la misericordia del Padre Dios, los dramas y tragedias, con la mayor de ellas, el pecado de la humanidad, pero también sus conquistas, sus alegrías y sus esperanzas, sumadas a todas aquellas acciones que, inspiradas en el bien, hacen posible la convivencia pacífica, el perdón y la reconciliación y la lucha permanente por la defensa de la dignidad de toda persona humana: el camino de reconciliación y la paz , al modo de Jesús.(Cfr 2016)

Jesús tiene la conciencia de quien ha cumplido a cabalidad un encargo, el más grande que alguien haya recibido en la historia, la misión de rescatar del drama del pecado y de la muerte a todos sus hermanos y amigos como Él mismo nos ha querido llamar. Y estas palabras que deben tocar el corazón de cada uno de nosotros, se convierten en un examen sincero delante del Padre que nos conoce y nos ha confiado también una tarea en la vida.

El nos invita a hacer un examen sereno pero profundo, desde la conciencia, sobre cómo ha sido el desempeño de la misión, de la vocación, del proyecto de vida que de Él hemos recibido.

Es la humilde y sincera evaluación de los padres de familia, de los educadores, de los gobernantes y servidores públicos, empresarios, obreros y trabajadores, de los hombres de la ciencia y de la cultura, de los sacerdotes, obispos y religiosos, también de todos los ciudadanos y miembros del Pueblo de Dios. Se trata de volver a ver para ver mejor. No para juzgar ni para juzgarnos sino para evaluar y avanzar movidos por la fe; y con humildad reconocer que, sin Dios, nada tiene verdadero sentido. El nos anima siempre a caminar en esperanza.!

¡Gracias Señor! ¡Gracias a todos, siempre! Amén.

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