En el marco del Día de la Santa Cruz y la clausura de la Semana Vocacional, el arzobispo de Bucaramanga, Luis Augusto Campos Flórez, celebró la Santa Eucaristía en la Catedral Metropolitana de la Sagrada Familia, donde ofreció una profunda reflexión sobre las realidades humanas del miedo, la angustia y la incertidumbre, a la luz del Evangelio.
Durante su homilía, el prelado partió de una experiencia universal: las situaciones de temor que surgen ante la adversidad, la sensación de soledad y la incomprensión frente a los caminos de Dios. Recordó que los discípulos de Jesús también vivieron estos sentimientos, especialmente ante la creciente hostilidad hacia su Maestro y la cercanía de su pasión.
Monseñor explicó que, además del miedo por las dificultades externas, los discípulos enfrentaban una profunda desconcertante incomprensión: no lograban entender por qué la salvación no llegaba mediante el poder, la fuerza o los milagros espectaculares, sino a través del camino de la cruz. Esta misma inquietud —señaló— sigue presente hoy en muchos creyentes que se preguntan por qué Dios no elimina el sufrimiento de manera inmediata.
Ante esta realidad, el arzobispo destacó la respuesta de Jesús: una invitación firme a la fe y a la confianza. “Ante el miedo, la fe; ante la angustia, la confianza en Dios”, subrayó, explicando que creer implica acoger el amor paternal de Dios, que acompaña cada momento de la vida, especialmente en medio del dolor.
En su reflexión, resaltó también una de las afirmaciones centrales del Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Según explicó, Jesús no solo muestra una ruta, sino que Él mismo es el camino que conduce al Padre; es la verdad que revela el auténtico rostro de Dios —un Dios cercano y misericordioso— y es la vida que da plenitud al ser humano.
El arzobispo insistió en que esta fe no es pasiva, sino transformadora. Invita a los creyentes a convertirse en protagonistas de una sociedad más justa y fraterna, superando la indiferencia y el individualismo. En ese sentido, retomó la imagen bíblica de los cristianos como “piedras vivas”, llamados a construir una comunidad cimentada en Jesucristo.
Finalmente, hizo un llamado a fortalecer tres pilares esenciales de la vida cristiana: la oración constante, el anuncio del Evangelio y el servicio solidario, especialmente hacia los más vulnerables.
La celebración concluyó con una invitación al silencio y la oración, para interiorizar el mensaje recibido y renovar la confianza en Dios, incluso en medio de las dificultades. Un mensaje que, en palabras del propio arzobispo, recuerda que ninguna situación humana queda desamparada cuando se vive desde la fe.
