Jubileo de los Diáconos y Apertura de la Semana de la Catequesis: Servir con Fe, Esperanza y Amor

La Arquidiócesis de Bucaramanga vivió una jornada de profunda alegría y comunión al celebrar, en el marco de la Eucaristía dominical, el Jubileo de los Diáconos Permanentes y la apertura de la Semana de la Catequesis. La celebración, presidida en la Catedral Metropolitana de la Sagrada Familia, por Monseñor Ismael Rueda Sierra, coincidió con la fiesta de San Lorenzo, diácono y mártir, patrono de los diáconos en todo el mundo.

En su homilía, el Arzobispo expresó su felicitación a los diáconos permanentes y a sus familias, animándolos a perseverar con fidelidad en su servicio a la Iglesia. Reconoció, además, la labor del Padre Miguel Ángel Rey Valdivierso, director del Instituto de los Diáconos Permanentes, y del Padre Eduardo Villamarín, Delegado Arquidiocesano de Catequesis y Director del Instituto Benedicto XVI, pieza clave en la formación de catequistas y laicos.

Catequesis: Camino de maduración en la fe

Monseñor Rueda recordó que la catequesis es un pilar fundamental en la vida eclesial, ya que permite que la fe recibida sea instruida, comprendida y asumida como camino de vida. Inspirado en los primeros cristianos, relató cómo las comunidades nacientes se reunían para orar, partir el pan, compartir los bienes y recibir la enseñanza de los apóstoles.
En este sentido, la Semana de la Catequesis se presenta como una oportunidad para renovar el compromiso evangelizador, afrontar los desafíos actuales y consolidar un proceso orgánico de formación de catequistas, cuyo ministerio ha sido reconocido oficialmente en la vida de la Iglesia.

Vigilar con fe y esperanza

Comentando las lecturas del día, el Arzobispo meditó sobre la importancia de la vigilancia espiritual frente a las tinieblas, confiando en que siempre llegará la luz del Señor. Desde la noche de la liberación de Egipto hasta la mañana de la resurrección de Cristo, la historia de la salvación enseña que las noches no son eternas y que la esperanza se alimenta de la fe.

Recordó la figura de Abraham, nuestro padre en la fe, quien confió plenamente en Dios y aceptó dejar su tierra para seguir una promesa. Esa confianza dio origen a una esperanza firme, que permitió al pueblo de Israel peregrinar hacia la tierra prometida, a pesar de las pruebas y dificultades.

Monseñor subrayó que la fe y la esperanza van unidas y se concretan en el amor, que es el motor del servicio cristiano. Estas virtudes —dijo— nos llaman a vivir con perseverancia, fidelidad y cercanía a los hermanos.

El servicio como diaconía

Dirigiéndose especialmente a los diáconos, el Pastor Arquidiocesano explicó que el evangelio del día ofrece una lección profunda sobre el sentido del diaconado: ser servidores vigilantes, atentos a las necesidades de los demás, como Jesús lo fue al lavar los pies de sus discípulos.

La palabra diaconía, recordó, significa “servicio”, y este implica la entrega generosa de la vida. Jesús es el modelo supremo de esta actitud: desde su nacimiento humilde hasta su entrega total en la cruz, pasando por gestos concretos de servicio y amor.

En este contexto, evocó la vida de San Lorenzo, quien administraba los bienes de la Iglesia de Roma y cuidaba de los pobres. Cuando el emperador le exigió entregar las riquezas eclesiales, presentó a los necesitados como el verdadero tesoro de la Iglesia. Este testimonio, coronado con el martirio, refleja la entrega radical del diácono como servidor.

El diaconado en el sacramento del orden

Monseñor Rueda recordó que el sacramento del orden tiene tres grados —diaconado, presbiterado y episcopado— y que el diaconado es el primer paso, precisamente para grabar en el corazón del ministro que su misión esencial es servir. Tanto el presbítero como el obispo, añadió, están llamados a vivir este mismo espíritu de diaconía.

El Arzobispo invitó a todos los fieles a aprender esta lección de Jesús: poner lo que somos y tenemos al servicio de los demás, sin reservas. El servicio, incluso cuando implica sacrificio, es una respuesta de amor a Dios que nos ha amado primero.

María, modelo de servicio

Al concluir, Monseñor Rueda presentó a la Virgen María como ejemplo supremo de la sierva del Señor, que ofreció su vida para cooperar en la obra de la salvación y siempre nos conduce a Jesús. A su intercesión encomendó a los diáconos, catequistas y a toda la comunidad arquidiocesana, para que vivan su vocación como peregrinos de esperanza, sirviendo con amor y fidelidad.

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