En un ambiente de recogimiento y profunda fraternidad, la Arquidiócesis de Bucaramanga celebró la IX Jornada Mundial de los Pobres, instituida por el Papa Francisco, con una solemne Eucaristía presidida por Monseñor Ismael Rueda Sierra, Arzobispo Metropolitano, en la Catedral de la Sagrada Familia.
Durante su homilía, el Arzobispo dirigió un saludo especial a los sacerdotes concelebrantes, diáconos, fieles presentes y a quienes siguieron la celebración a través de los medios de comunicación arquidiocesanos. En este día, dedicado a quienes padecen necesidades materiales y espirituales, elevó un mensaje de esperanza, solidaridad y conversión.
La pobreza espiritual: reconocer la necesidad de Dios
Monseñor Rueda Sierra recordó que todos los seres humanos, independientemente de sus condiciones materiales, son llamados a reconocer su propia pobreza interior ante Dios. “Todos debemos sentirnos necesitados en la presencia de Dios”, afirmó, subrayando que esta actitud de humildad abre el corazón a la gracia y a la verdadera riqueza que proviene del Señor.
Los bienes materiales y su sentido auténtico
Reflexionando sobre el Evangelio del día, el Arzobispo explicó que incluso las grandes obras materiales, como el Templo de Jerusalén, tienen un límite y están sometidas al tiempo. Invitó a interpretar este mensaje como una llamada a no convertir los bienes creados en ídolos, sino a emplearlos conforme a la voluntad de Dios: para la dignidad humana, el servicio mutuo y la construcción del bien común.
“Dios nos ha entregado la creación para servir al ser humano, no para que el ser humano se esclavice de las cosas”, expresó.
Signos de los tiempos: una invitación a la conversión
Monseñor Rueda Sierra señaló que los fenómenos actuales —guerras, desastres naturales, efectos del cambio climático— no deben interpretarse como castigos divinos, sino como consecuencias del desorden humano y del pecado social. Invitó a examinar la
realidad con criterios evangélicos, siguiendo el llamado del Concilio Vaticano II de “auscultar los signos de los tiempos”.
“Los desequilibrios en la naturaleza y en la sociedad son fruto de la ambición, la falta de justicia y el mal uso de los bienes. Estos signos deben movernos a la conversión y a vivir la caridad social”, afirmó.
La pobreza que más hiere: no reconocer a Dios como esperanza
En sintonía con el mensaje del Papa Francisco para esta jornada, el Arzobispo recordó que la peor pobreza no es la material, sino “no reconocer que Dios es nuestra seguridad y nuestra esperanza”. Al mismo tiempo, destacó el testimonio de quienes padecen carencias, pues ellos enseñan a confiar plenamente en el Señor.
El valor del trabajo y la corresponsabilidad social
Retomando la enseñanza de la segunda lectura, Monseñor Rueda Sierra enfatizó la importancia del trabajo como participación en la obra creadora de Dios y como responsabilidad moral. Recordó las palabras de San Pablo: “El que no trabaje, que no coma”, subrayando que la pereza y la falta de compromiso también profundizan la desigualdad y generan pobreza.
“El trabajo es una forma de justicia, porque permite aportar a la familia, compartir con los demás y construir una sociedad más equitativa”, indicó.
Llamado a atender las causas estructurales de la pobreza
El Arzobispo insistió en que la caridad inmediata —como entregar un mercado o un alimento— es necesaria, pero no suficiente. Invitó a autoridades, instituciones y ciudadanos a mirar más allá de las necesidades momentáneas y trabajar en las raíces de la inequidad.
“Los gobiernos tienen la obligación de ir a las causas estructurales de la pobreza para ofrecer soluciones políticas, económicas y sociales que garanticen la dignidad humana”, recordó.
Asimismo, exhortó a los fieles a iluminar su participación ciudadana con los criterios del Evangelio, discerniendo con justicia las propuestas que afectan la vida social.
Oración final: aprender la verdadera riqueza
La celebración concluyó con una oración especial a la Virgen María, modelo de humildad y pobreza espiritual. Monseñor Rueda Sierra pidió su intercesión para que los creyentes aprendan a vivir desprendidos de los bienes inútiles y entregados al servicio de los demás.
