La esperanza en la resurrección: Monseñor Ismael Rueda Sierra presidió la Eucaristía por los Fieles Difuntos

En la mañana del domingo 2 de noviembre, la Arquidiócesis de Bucaramanga se reunió en el Parque Central Cementerio para conmemorar la memoria de todos los Fieles Difuntos. La Santa Eucaristía fue presidida por Monseñor Ismael Rueda Sierra, arzobispo de Bucaramanga, acompañado por sacerdotes, religiosas y numerosos fieles que, con profunda devoción, elevaron sus oraciones por todos aquellos que ya descansan en la presencia del Señor.

Durante su homilía, Monseñor Rueda Sierra centró su mensaje en el misterio de la resurrección de Jesucristo, fundamento esencial de la fe cristiana y motivo de esperanza para todos los creyentes. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”, recordó citando a San Pablo, para subrayar que es precisamente la victoria del Señor sobre la muerte la que da sentido a la vida, a la fe y a la esperanza de los cristianos.

El arzobispo invitó a los presentes a vivir este momento bajo la luz del Jubileo de la Esperanza, convocado por el papa Francisco, reflexionando sobre la vida como un camino de fe y confianza en la promesa de la resurrección. “Somos peregrinos de esperanza —dijo—, caminantes que avanzamos con la mirada puesta en la vida eterna, confiando en que el Señor cumple siempre sus promesas”.

Inspirado en las lecturas del día, Monseñor Ismael destacó que la esperanza cristiana nace del encuentro personal con Dios y se fortalece en el sufrimiento, la fe y la caridad. Recordó que el bautismo nos une a Cristo en su muerte y resurrección, permitiéndonos “saborear ya desde esta vida la plenitud de la resurrección”. Asimismo, explicó que cada Eucaristía es una anticipación del cielo: “una experiencia viva del gozo de la presencia del Señor resucitado en medio de nosotros”.

El prelado también animó a los fieles a orar con fervor por las almas del purgatorio, recordando que la Misa es el ofrecimiento más perfecto que se puede hacer por los difuntos. “Ellos ya no pueden interceder por sí mismos —afirmó—, somos nosotros, como Iglesia peregrina, quienes tenemos el deber de ofrecer nuestras oraciones y sacrificios por ellos, para que puedan gozar plenamente de la gloria del cielo”.

Finalmente, Monseñor Rueda Sierra encomendó a la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza, la vida de todos los presentes y de quienes han partido a la casa del Padre. “Ella, que ya participa plenamente de la gloria de la resurrección, acompaña nuestra peregrinación y nos toma de la mano para conducirnos hacia su Hijo”.

Con profundo recogimiento, la comunidad arquidiocesana vivió esta celebración como una expresión de fe en el amor eterno de Dios, convencida de que “el amor es más fuerte que la muerte” y que la memoria de nuestros seres queridos sigue viva en la comunión de los santos.

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